Jun 032010
 

BRAZIL (1985): ¿LA LOCURA DE UN GENIO O LA GENIALIDAD DE UN LOCO?    (ENGLISH VERSION)

“No hay ninguna parte, nunca es bastante lejos”
“Hoy les quiero hablar de tuberías”
“Por la presente le informo según los poderes recibidos por
la sección 7 del párrafo 7… el señor Tuttle de las torres Sangri
-la queda obligado a los costes financieros, …firme aquí, otra vez.
Más fuerte esta vez”
“Esto es obtención de información y no dispersión de información…”

Si les decimos que estamos ante una película del conocido subgénero “Distopías orwellianas surrealistas abigarradas tragicómicas” (“Inclasificable recalcitrante”, para los amigos) pensarán que ahí solo cabe este film. Acertarán, claro. Ah, perdón: Distopía es la antítesis de una utopía, una utopía negativa en la que los acontecimientos supuestamente históricos que se narran discurren por cauces siniestros, opresivos. Ah, ¿ciencia-ficción? Pues también.

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Igual que dijimos que Contact sería (y fue) la película que haría un grupo de brillantes científicos, Brazil es la movie que excretaría (y excretaron) el grupo de humoristas más brillantes y desquiciados de la historia del celuloide… ¡con cuatro copas de más! (en este caso, uno de ellos). A pesar del remate etílico final borren del silogismo la palabra “improvisación” y sustitúyanla por “ingenio”. Brazil es todo genialidad surrealista dalidiana enlatada en 142 minutos. Nominación al Oscar, por mejor guión original, de propina. Fotografía fabulosa, por cierto.

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El actor Jonathan Pryce borda el papel de un tecnócrata diligente (el protagonista Sam Lowry) pues, casi por ósmosis, transmite al espectador su desconcierto ante el delirio visual y argumental que perpetró el exPython, rozando el delito intelectual, sin duda. Robert De Niro (Tuttle) hace poco pero, como siempre, lo que hace lo hace “niquelao”: Conspirador contra el sistema desde su tapadera de calefactor pirata, aparece y reaparece como el Guadiana, cuándo y cómo menos te lo esperas; a veces tarareando “Brazil”, a veces urdiendo bombardear el sistema desde dentro junto a sus secuaces de la “resistencia”. Sus desapariciones, épicas, bajo los acordes gloriosos, deslizándose por un cable entre los edificios kilométricos. Completa el reparto un grupo de actores solventes entre los que se podrían destacar muchos, por ejemplo, un Bob Hoskins sensacional, quien personaliza un engranaje de la absurda maquinaria burocrática que les oprime.

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En algún lugar del siglo XX” es donde/cuando se desarrollan los acontecimientos. Pero un siglo XX anti-ucrónico, industrial, burocratizado y que, sin duda, perdió por el camino (de los universos paralelos) el tren de la revolución digital: en esta realidad alternativa nunca debieron existir Gates y Jobs…o si lo hicieron terminaron sus días rellenando el formulario 27b/53 para solicitar la creación de impresas innovadoras. Lo analógico se impone, lo mecánico campa a sus anchas, normalmente mal engrasado, estridente. En el universo de “Brazil” no conocen el 3 en 1, ni maldita la falta que les hace. Muerte al software, viva el harware cochambroso, chirriante.

Brazil

La hazaña visual, el derroche imaginativo, que constituye “Brazil” alcanza la apoteosis del barroquismo onírico, que completan las otras dos entregas de la (discutible) trilogía-según su director-“Los bandidos del tiempo” (1981) y “Las aventuras del Barón Munchausen” (1989). La atmósfera de irrealidad, la sensación de “mi mundo me lo han cambiado”, se respira desde el primer fotograma. Estamos ante una realidad paralela, monitorizada por un omnímodo Ministerio de Información, en la que las caricaturas andantes que son ciudadanos de a pie, ejercen impasibles como convidados de piedra de un mundo monstruosamente burocratizado.

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El exPython estrenó en 1985 esta película delirante a capas, tan densa que se puede masticar, que igual que Memento requiere varios visonados para captar todos los detalles, todas las ironías (algunos lugares de ese mundo de hormigón y funcionarios tienen nombres bucólicos: Sangri-la, Verdes Pastos, etc), toda la acción que se desarrolla en un segundo plano. El director, Terry Gilliam, dispone para crear esta película cuadridimensional de una batería casi infinita de recursos, humanos, materiales, pero sobre todo argumentales: Pendulos “Si/No” para la toma de decisiones, militares de estética nazi cantando villancicos (“eso no es un si bemol”), sombreros/zapato (¿y zapatos/sombrero?) como el de la ególatra y recauchutada madre del protagonista (inquietantemente parecida a cierta duquesa española)… En una película cuya desarrollo se cimenta en una mosca muerta que emborrona la letra de un apellido en un papel…, todo es posible. Al igual que en Blade Runner se diseñó un microuniverso entero, una realidad de diseño braziliano autosuficiente.

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Ese nanouniverso es duro, cruel, violento, macabro, escatológico, gore en ocasiones. Al grupo humano que hizo que se nos desencajara la mandíbula en “La Vida de Brian”, cuando le da por la casquería no le gana nadie. Y sino que se lo pregunten al obeso que literalmente explota por una chocolatina en “El Sentido de la Vida” (1983). En la ¿película? con la que hoy lidiamos los niños juegan con armas pero le piden tarjetas de crédito a Papá Noel. Los cuerpos de seguridad disfrutan machacando al común, disparando primero y preguntando después, pero son incapaces de actuar sin los impresos reglamentarios que los respalden. Los atentados terroristas dejan despedazados por doquier pero si no te toca a ti continuas la conversación en el punto en el que lo dejaste y te terminas tranquilamente la ternera braseada (en formato bolas de helado); un simple biombo separa el horror del hedonismo y apacigua las conciencias mientras los músicos siguen tocando, como en el Titanic mientras éste se hundía. A pesar de que la necrofilia no se practica-pero sí se menta-en la película no dejen verla a sus hijos hasta que tengan treinta y cinco años.

Brazil

Sin embargo, en la bomba de relojería a punto de estallar que es “Brazil” (¿o que estalla en la cara del espectador?) el amor tiene cabida, existe un pequeño ámbito, un resquicio en el hormigón por dónde asoma el sentimiento que glosó Stendhal. Jill Layton (Kim Greist) es la afortunada de la que se enamora el protagonista, primero desde sus sueños, luego en la realidad, como estipulan los cánones surrealistas. Ambos buscan la libertad pero con diferentes enfoques. Él se quiere escapar de esa realidad con ella: “Nos iríamos a alguna parte” Ella: “No hay ninguna parte, nunca es bastante lejos”. Los únicos espacios de libertad son la sección de lencería y las vallas publicitarias que anuncian paraísos verdes, imposibles de todo punto en ese microcosmos tóxico, contaminado y asfixiante que es “Brazil”. En cualquier caso un “I Love You” escrito en el parabrisas de un camión ablanda a la chica; en aquel mundo monstruoso todavía caben los sentimientos…pero de canto.

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La cúspide del sistema es el Ministerio de Obtención de Información, centralizado en un colosal edificio de 84 plantas de estética neonazi, industrial, por cuyos pasillos circula el gran jefe Warren y su sequito de burócratas desesperados: “Dígale que sí, dígale que no”. La burocracia consume una cuarta parte del PIB pero lastra la maquinaria del sistema de forma irremisible: Nada, en el fondo, funciona como debería. Los documentos suben y bajan, aparatosamente por unos tubos representan metafóricamente a un sistema que se colapsa al mínimo imprevisto. El inútil del jefe de Sam Lowry, el señor Kurzmant, se ahoga en un vaso de agua, cuando no sabe qué hacer con un cheque que había que reembolsar a un muerto: Gran tragedia griega. Los ascensores son demasiado lentos, los despachos ridículos, oblongos, y las máquinas-aparatosas, bruscas, kafkianas-se estropean constantemente. Las tapas no encajan donde deberían: “Han vuelto al Sistema Métrico, sin avisar”. La falta de un impreso 27b/6 detiene a los malos de perpetrar sus fechorías: “Volveremos, idiota hijo de puta”. Los camareros son incapaces de servir en un restaurante un solomillo poco hecho si no especificas su código: “Tiene que decir el número”. Ah, si te detienen tienes que firmar un recibo.

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Pero los universos oníricos son los verdaderos protagonistas del film, el surrealismo el lenguaje que se chapurrea en “Brazil”: “No llegarás a ninguna parte con un traje así” (y le entrega otro exacto pero con un tono menos de gris). “¿Mellizas? No, trillizas”: “¿Trillizas? Ah, como pasa el tiempo”. Un samurai enorme, plúmbeo, metálico, silencioso, impersonal aparece y desaparece en los sueños del narcoléptico Sam Lowry, amalgamado con su amada, y trata de matarle; al quitarle su milenaria máscara aparece él mismo, pero también un policía se transfigura freudianamente en él. Una camisa de fuerza para el director y unos bonos descuento para el psiquiátrico para los abnegados espectadores, por favor. Y hablando de habitaciones acolchadas, cuando el todopoderoso señor Hellman, disfrazado de Papá Noel, se presenta en la que termina el protagonista le dice: “Sé lo que sientes. Por eso te he traído agua de cebada”. Claro.

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En fin, que recomendamos que vean esta desquiciante película, esta obra maestra para el que les escribe, este Gran Hermano Orwelliano reinterpretado por alguien con exceso de dopamina en su cerebro. Y se lo recomendamos especialmente a ese 6 % de la población total, mentalmente sana: Tras visionarla cruzarán la línea, no lo duden. Al otro lado, aquí, se está fenomenal, la verdad. Ah, y a los demás que la vean también: “Brazil” será la puntilla de sus patologías psiquiátricas.

(c), 2010 Ramón Galí. Crítica cinematográfica cedida por la revista Tiempos Futuros Future Times.
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